La huerta de mi casa: Mi paraíso terrenal

La huerta de mi casa fue, sin duda, el escenario predilecto de mi infancia. En las mañanas, se transformaba en un auténtico paraíso terrenal donde me perdía entre senderos verdes, explorando con curiosidad cada rincón de sus plantaciones. Pero por las noches, ese mismo lugar se volvía misterioso, poblado de insectos que emitían chillidos extraños, mientras las luciérnagas danzaban con sus luces parpadeantes.
En medio de ese mundo marrón y verde, se extendía una frondosa plantación de plátanos de seda que abarcaba más de mil quinientos metros cuadrados. Sus racimos crecían como una bendición y eran cortados verdes para madurar luego en un rincón especial de la casa. Las grandes hojas de los plátanos nos regalaban sombra, bajo la cual solíamos construir nuestra casa de juegos. Con las hojas secas hacíamos divisiones, y los plátanos que no prosperaban se convertían en “comidita” para nuestras aventuras culinarias infantiles.
Incluso las láminas violetas que envolvían el racimo naciente del plátano servían como pequeños recipientes donde almacenábamos agua de lluvia. Cada elemento de la huerta tenía un uso y un lugar en nuestra imaginación. En las noches, nos atemorizaba la idea de que esa misma plantación fuera la guarida de “duendes”, según las narraciones populares. Si debíamos cruzarla, lo hacíamos apresurados y con el corazón en la boca. Mi perro Washington siempre nos acompañaba en esas travesías, aumentando nuestro miedo cuando salía disparado, ladrando en todas direcciones. Se decía que “el perro ve lo que el humano no puede ver”, y tal vez sus ladridos ahuyentaban a esos seres invisibles que supuestamente habitaban la huerta.

Durante el día, el canto de los pájaros se mezclaba con el bullicio de nuestras conversaciones. Cuando el hambre apremiaba, corríamos al cuarto donde se almacenaban los racimos cosechados. Su dulzura y textura suave se deslizaban por nuestro paladar mientras leíamos alguna historieta. La huerta también contaba con árboles de limón y guayabo, que saciaban nuestro hambre. Los limones, ácidos y refrescantes, los comíamos con sal, a pesar de la creencia popular de que «cortaban la sangre». Nos saciábamos hasta que los dientes se nos destemplaban y el estómago comenzaba a arder.
Era nuestro fruto prohibido, ese que comíamos a escondidas de mamá, quien no tardaba en reprendernos al vernos chupando las cáscaras, intentando exprimir hasta la última gota. Las guayabas, en cambio, eran consideradas más saludables. Las comíamos tanto verdes como maduras, aunque a veces un gusano impertinente arruinaba el bocado. Los guayabos, altos y robustos, no siempre estaban a nuestro alcance, pero contábamos con hábiles trepadores que subían con destreza, recogían el fruto y descendían para nuestro deleite.
En otras ocasiones, usábamos palos largos con garrochas improvisadas para atrapar las más maduras. Cada guayaba conseguida era una pequeña victoria. Mi hermana mayor también encontraba en la huerta un lugar ideal para repasar sus materias escolares. Cursaba la secundaria y se caracterizaba por su disciplina. Estudiaba en voz alta, con los árboles de plátano y las demás plantas como únicos testigos. En ese mismo escenario cantaba y recitaba poemas, que luego presentaba en concursos y actuaciones escolares.
En los días de lluvia, nos limitábamos a contemplar la huerta desde las ventanas. Tan pronto escampaba y el sol volvía a brillar, corríamos a nuestro lugar favorito, ahora perfumado con el aroma especial de la tierra mojada, ese mismo que inspiró la canción de Hugo Blanco, cantautor venezolano. Con el paso de los años, emigramos del campo a la ciudad, dejando atrás ese paraíso que nos cautivó con sus colores, aromas, sabores y misterios nocturnos.
La huerta de mi casa fue el patio soñado que, estoy segura, cualquier niño o niña habría querido tener. Allí pasé los mejores años de mi vida. La huerta fue mi refugio, mi rincón favorito, mi paraíso terrenal. También lo fue para mis hermanos y mi madre, a quienes siempre descubríamos arrancando maleza o sembrando nuevas especies para embellecer aún más aquel mágico lugar.

