“La danza de Los Ingleses engalanan la fiesta de la Virgen Purísima Concepción”
Last updated on marzo 26th, 2026 at 03:02 pm

En el corazón del distrito de Mochumí, en Lambayeque (Perú), cada febrero el alba se enciende con cohetes, mientras una comparsa de elegantes personajes irrumpe en las calles para rendir homenaje a la Virgen peregrina.
Son Los Margaritos o Ingleses de Mochumí, danza declarada Patrimonio Cultural de la Nación por el Ministerio de Cultura, reconocimiento que consagra una coreografía festiva y una trama viva de devoción, memoria familiar y mestizaje cultural que atraviesa más de un siglo.

La danza acompaña a la imagen pequeña de la Virgen Purísima Concepción, conocida como la andariega porque viaje en peregrinación entre Mochumí, Ferreñafe y Túcume.
En ese tránsito, la comparsa no solo baila: dialoga con el pueblo, invoca nombres propios, teje complicidades y dramatiza una historia que mezcla la llegada imaginada de ingleses por mar con la identidad mochumana.

Los orígenes se entremezclan entre los relatos orales y el registro fotográfico del investigador alemán Enrique Brüning, quien a fines del siglo XIX captó comparsas de “Ingleses” en Sechura (1890) y Jayanca (1904), evidenciando que estas representaciones circulaban por la costa norte.
Aquellas imágenes se enmarcan en un contexto histórico de la expansión algodonera y azucarera en Piura y Lambayeque, acompañada por migrantes ingleses que se insertaron como comerciantes, inversionistas y terratenientes.
La danza Los Margaritos o Ingleses es mucho más que una representación festiva: es un acto profundo de fe, tradición e identidad colectiva.
Cada año, durante la Festividad de la Virgen Purísima Concepción, la comparsa acompaña con devoción a la imagen peregrina. La danza se convierte en una ofrenda viva: los trajes elegantes, los bastones en alto, el sonido del bombo y los vientos, y el resonante “Oh” que corean los danzantes expresan respeto, alegría y compromiso espiritual.
No es solo un baile, sino una promesa renovada ante la Virgen, a quien el pueblo encomienda sus cosechas y su bienestar.
Desde sus inicios, la mayordomía —organización familiar encabezada por un mayordomo— ha custodiado la práctica, la transmisión y el sentido devocional del baile.
La comparsa se compone de tres figuras centrales: el márgaro principal o capitán; dos márgaras — con vestimentas verde y roja—; y los margaritos o ingleses. El capitán encarna autoridad y guía. Puede presentarse como caballero inglés, con saco oscuro, pantalón claro, corbata y bastón rojo, coronado por un sombrero de copa alto y máscara con barba rojiza; o como capitán de navío, modalidad hoy más frecuente, con traje blanco, quepí, guantes, pipa e insignias. A su derecha marcha la márgara verde, la moñona, chola discreta y esposa del inglés; a su izquierda, la márgara roja, hija pícara y coqueta, incorporada en los años setenta.
La coreografía alterna tres momentos: el saludo, el paso largo y el zapateo o marcha.
Recorre estancias y posadas, quema muñecos que evocan a las márgaras, desayuna en casa del mayordomo y acompaña la procesión hasta la iglesia matriz y, por la tarde, hacia el límite con el distrito de Túcume.
La tradición se sostiene gracias a la mayordomía y a las familias que, año tras año, asumen la responsabilidad de organizar ensayos, preparar vestuarios y coordinar cada detalle de la participación en la festividad.
Padres, hijos y nietos comparten el mismo espacio de aprendizaje, transmitiendo los pasos, la música y el sentido profundo de la danza. Así, la herencia cultural no se guarda en libros, sino en la memoria y el corazón de la comunidad.
Los personajes —el capitán, las márgaras y los margaritos— simbolizan una historia que el pueblo ha hecho suya, integrando influencias externas en una expresión propia. Con el tiempo, la danza ha evolucionado, incorporando nuevos músicos y permitiendo la participación activa de mujeres y niños, sin perder su esencia ni su vínculo con la fe.
Cuando la comparsa avanza por las calles adornadas y se detiene ante la imagen sagrada, no solo representa una coreografía aprendida; representa la identidad de Mochumí. En cada paso y cada saludo se reafirma el orgullo de pertenecer a una comunidad que encuentra en su danza una forma de honrar su historia, fortalecer sus lazos y mantener viva su devoción.

