La cabra negra

La Villa San Nicolás, es un pueblito de gente que se dedica a la pequeña agricultura y ganadería, cuya actividad mayormente es para la sobrevivencia, debido a la escasa agua que llega, desde el valle del alto Piura, Perú en donde se ubican los reservorios del recurso hídrico. El poblado se encuentra en la parte más baja y casi última de la costa del norte del Perú y el agua que discurre por los canales ya no llega con la fuerza que parte desde el reservorio de Poechos.
Los pastores mayormente son niños de entre 8 a 12 años, que van en parejas, o los más pequeños se van acompañados de los vecinos mayores y van en mancha a pastar a las cabras y ovejos, además de sus críos hasta Létira, que está a una distancia de unas dos horas, cerca a una laguna del mismo nombre.
En la zona de Létira, hay vichayos, junco, grama, naparo, verdolaga y en abundancia turra, una yerba que era muy atractiva por las cabritas y las ovejas. También hay zapotes y unos cuantos algarrobos. El sol es el problema. El calor es insoportable con una temperatura que bordea los 30 grados, sobre todo al medio día, por lo que los pastores, mayormente niños, tienen que arrinconarse en las plantas de vichayo para protegerse de los rayos del sol.
Desde las 6.30 de la mañana en el pueblito, los niños van preparándose para ir a pastar su ganado. Algunos que tienen sus padres les prepara el fiambre. Otros, tienen que prepararlo ellos mismos y a veces el fiambre está compuesto por camotes sancochados, con unos trozos de pescado y una botella grande de agua, según la fuerza que pueda tener el niño para cargar. El sol hace que los pastores tengan mucha sed.
Entre esos niños pastores está Miguelito. Es un niño de apenas 9 años, no va a la escuela porque su padre lo abandonó y está al cuidado de su abuelita y sus tíos, su madre trabaja en la agricultura, pero sale fuera del pueblo desde el lunes en la madrugada y no regresa hasta el sábado. Él tiene que encargarse de ayudar en los quehaceres de la casa, además de ir a pastar a las cabritas y ovejas de la abuelita.
Lo despiertan desde muy temprano antes de las 6 de la mañana, para ayudar en otras tareas como echar comida a los chanchos o barrer el corral de las gallinas, los patos, además de preparar su propio fiambre para que lleve y pueda alimentarse mientras pastorea al ganado, porque debido a la distancia salen en las primeras horas de la mañana y regresan ya entrada la noche.
Miguelito prepara su alforja con hilos de colores que le ha tejido su mamá echa sus camotes a un depósito de porcelana, allí va también unos trozos de caballa tapa el pequeño depósito y cubre con una tela de tocuyo, lo amarra bien y lo echa en uno de los lados de la pequeña alforja. Seguidamente va en busca de un depósito de plástico que le llaman porongo y por suerte del pequeño, hay chicha en la casa de la abuelita y lo llena de chicha de jora.
Ya son las 7 de la mañana y el fiambre esta listo, Miguelito ya tomó su desayuno que consistió en una taza de café con leche de cabra, de una cabra negra que era su preferida del pequeño niño, con la que incluso conversa. Además, en la taza de porcelana de color blanco echa unas maíz tostado en arena y en un plato unos trozos de camotes asados que hubo en la cocina y que por suerte le dejó su tía Carmelia.
Carmelia era una tía muy especial, no los quería, tenía un trato pésimo con sus sobrinos y nadie la estima, pero tenían que aguantarla, porque era la encargada de la cocina y allí se comía lo que ella decidía; muchas veces los hermanitos de Miguelito comían en un solo plato los 6, lo que les hacía mantenerse con hambre siempre. Carmelia, era una mujer joven amargada, solterona y mezquina con sus sobrinos a quienes les golpeaba siempre. Buscaba que hagan las cosas como ella quería y sino, caían los golpes con la soga del burro o con palos, finalmente con lo que encontraba a su paso. Era de temer.
Llegó la hora de partir a pastar al ganado entre chivos y unas cuatas ovejas. Miguelito va al corral, que es un rodeado de palos de algarrobo y con una puerta con palos de la misma especie, pero atravesados enganchados con alambre uno a uno de abajo hacia arriba. Miguelito empieza a sacar los palos para abrir la puerta y la primera que sale es la cabra negra que tanto aprecia Miguelito.
“Vamos negra”, le habla al animal y como si ella le entendiera lo que le dice el pequeño levanta la cabeza y Miguelito le acaricia su hocico y tras ella salen todos los animales y se agrupan en la pampa frente a la parte posterior de la casa a la espera que el pequeño pastor les de la orden de salir. La cabra negra siempre está en la delantera y es ella la que prácticamente dirige al grupo de animales.
Miguelito no tiene de quien despedirse, como lo hacen los otros niños que se despiden de sus parientes. Toma su alforja, se asegura bien los llanques y acompañado de su otro fiel amigo un perrito que le llama “coronel”, de color negro con una macha blanca en el pecho, parten a pastar al ganado.
Da la orden a su amiga la cabra. “Vamos negra, sigue adelante como sabes hacerlo”, le ordena el pequeño al animal. Con su alforja en el hombro y puesto un sobrerito viejo, acompañado de “coronel”, sale el pequeño pastor rumbo al campo de Létira en busca de pasto para las cabras y ovejas.
El recorrido que sigue Miguelito es por la fila de pequeñas alturas o cerros como le llaman la gente del pueblo, mientras avanzan el pequeño Miguel, mayormente va solo, los otros pastores avanzan por otro lado, debido a que en el trayecto pueden encontrar algunas manchas de yerba que pueda servir para ir pastando a los animales. El objetivo es que logren llenar bien el estómago.
Después de un largo recorrido y de mas de tres horas, llegan al sector de Létira en donde hay mas alimento para los animales y, sobre todo, para que escojan que comer. Ya son casi las once de la mañana y el sol está a todo dar generando un calor insoportable. En el recorrido Miguelito ha ido tomando de a pocos la Chicha y llega casi a mitad el depósito. Al llegar a la zona de pastoreo, Miguelito con la ayuda de su amigo “coronel” y de su cabra negra, deja a los animales que se alimenten y él se sienta en la arena debajo de un vichayo coposo que logra quebrarle algunas ramas para que le permita ubicarse y obtener un poco de sombra, aunque sea por un momento hasta que el sol voltee.
Allí, sólo y en medio de los vichayos con un sofocante calor, con poca corriente de aire, desamarra su fiambre y come frente a su fiel amigo “coronel” que está echado en la arena a quien le invita parte de la poca comida, mientras el ganado se alimenta en el pastizal de la zona de Létira.
Al medio día en pleno apogeo del señor sol, los animales han comido bastante. Miguelito los conduce a un pequeño riachuelo en donde corre un hilito de agua para que tomen y luego regresan. Las cabras y ovejas los rodea en los vichayos para que descanse un momento y se libren un poco del sofocante sol, al igual que él y su fiel amigo coronel.
A media tarde, como llama la gente, empieza el regreso. Miguel da la orden a su cabra negra y empiezan e inician el viaje de regreso. Ya no hay nada en el depósito de chicha que llevó Miguelito y por el lugar no hay agua, la sed que tiene el pequeño pastor tendrá que soportarlo hasta que llegue a su casa.
En el trayecto de regreso, el ganado aún viene comiendo hasta donde se terminen los brotes de yerba verde y a mitad de camino ya no hay, entonces Miguelito apresura el regreso ordenando a la cabra negra que corra para que lo sigan los demás animales y el perro también apura al ganado con sus ladridos.
Miguelito es un niño con mucha suerte, entrando al caserío ya se ven las primeras casitas y entre ellas está la de su madrina de bautizo, doña Mercedes. Una de las hijas de la madrina de Miguelito le ve a los lejos y le preparan una jarra de chicha para alcanzarle cuando pase frente a la casa de la madrina. Además, le alcanzan un plato de comida. Miguelito que viene con mucha sed y hambre, lo recibe y ordena a su amiga la cabra negra que esperen y los animales se acuestan al suelo y esperan, efectivamente. A coronel también le cae alguito, le da los residuos de la comida que le alcanzaron a Miguelito.
Después de apreciar la bebida y la comida de la madrina, Miguelito, reinicia el regreso, ya está cerca de la casa de su abuelita. Ordena a la negra para continuar el retorno, “coronel”, también está regocijado porque le echó algo al estómago. Ladra con beneplácito a los animales para apurar el regreso.
Así llegaron, Miguelito ordena a la negra que ingrese al corral y con ella los demás animales para quedarse allí hasta el siguiente día.

