CRÓNICA: LAS HISTORIETAS DE MI AMIGO BENEDETTO

Sin redes sociales ni televisión, la lectura de historietas y fotonovelas era nuestro pasatiempo favorito. Nos extraía del mundo real para sumergirnos en universos de fantasía. ¿Quién no recuerda la época dorada de los cómics impresos, con sus dibujos vibrantes, viñetas, globos de diálogo, narraciones y onomatopeyas que hacían volar la imaginación?

Corrían los años 80. A pocos metros de nuestra casa en San Ignacio (Cajamarca, Perú), vivía mi amigo Benedetto, el hijo mayor del matrimonio Cuaguila. Su padre, un respetado policía en actividad, imponía respeto en el vecindario. Su madre, en cambio, era una apasionada de la jardinería, cuidaba con esmero una huerta donde florecían exóticas dalias, pomposas hortensias y aromáticas rosas que inundaban el aire con un perfume celestial. Al cruzar el umbral de su huerta, uno sentía que ingresaba a un auténtico paraíso terrenal.
Benedetto —o Bene, como lo llamábamos con cariño— tenía una envidiable colección de historietas con los personajes más famosos del mundo del cómic. Desde Archie, el pecoso adolescente que vivía mil y una aventuras junto a sus amigos Betty, Verónica, Torombolo, Carlos y Gorilón, hasta Tamakún, el fortachón vengador errante que luchaba contra su malvado tío, usurpador de su reino.
Entre sus cómics más memorables estaban La Pequeña Lulú, Periquita, Lolis la Gordis, el conejo Bugs Bunny, Porky, El Pato Lucas, Rico Ricón, Daniel el Travieso, Pato Donald, Scooby Doo, Andanzas de Aniceto, Tío Rico, Aventuras de Capulina, Tom y Jerry, Memín, Super Ratón, entre otros. También destacaban las historietas de aventuras: El Zorro, El Santo, el enmascarado de plata, El Hombre Araña, Superman, Batman, La Mujer Maravilla, Kalimán y Los Cuatro Fantásticos.

Tampoco podía faltar el gran Condorito, el simpático pajarraco creado por el dibujante chileno Pepo, que con su humor y picardía se convirtió en una de las historietas más populares de América Latina. ¿Cómo olvidar a su eterna novia Yayita, a su temida suegra Tremebunda, a su engreído rival Pepe Cortisona y a sus fieles amigos Huevo Duro y Ungenio.
Bene también atesoraba novelas como Susy, secretos del corazón, y fotonovelas protagonizadas por actrices célebres como Edith González, ícono de la telenovela mexicana. Conservaba además libros de aventuras y novelas sin ilustraciones, que estimulaban aún más la imaginación. No faltaban los clásicos del lejano oeste: historietas de vaqueros que nos transportaban a paisajes polvorientos llenos de duelos y valentía. En su colección había espacio para todo: romance, acción, comedia, sátira y hasta ciencia ficción.
Cada vez que Bene conseguía una nueva colección, lo anunciaba con entusiasmo y nos la prestaba como una prueba irrefutable de su amistad, con una única condición: no compartirla con nadie más. Mi hermana y yo devorábamos aquellas sedosas páginas que aún conservaban el inconfundible aroma a tinta fresca. Eso sí, las cuidábamos como verdaderos tesoros, agradecidos por su confianza. Gracias a él, ahorramos muchísimo dinero, ya que en los quioscos se alquilaban por un sol.
Perdí la cuenta de los volúmenes que Benedetto atesoraba con devoción. Los tenía numerados, forrados y ordenados con esmero para evitar su deterioro. Era un auténtico coleccionista.
A diferencia del padre de Bene, el mío intentaba incentivarnos con lecturas más científicas y formales. Le habría encantado vernos hojeando los voluminosos tomos de enciclopedias de tapas duras —azules, rojas y plomizas— que ocupaban un lugar privilegiado en nuestra biblioteca familiar. Allí abundaban mapas del geomundo, descripciones de guerras mundiales y temas históricos que, en ese momento, no lograban cautivar nuestra atención. Veía con cierto recelo la afición que Benedetto nos había contagiado, aunque, en honor a la verdad, nunca nos prohibió disfrutar de aquellas lecturas.
Las historietas tienen un origen tan fascinante como sus personajes. Surgieron a fines del siglo XIX en los periódicos estadounidenses como una forma humorística de retratar la vida cotidiana. The Yellow Kid, publicado en 1895, es considerado uno de los primeros cómics modernos. Con el paso del tiempo, las historietas evolucionaron, expandiéndose a revistas y libros, y diversificándose en géneros como la aventura, la ciencia ficción, el romance y los superhéroes.
Durante el siglo XX, su popularidad se extendió rápidamente por América Latina, donde surgieron personajes propios y estilos únicos. Historietas como Condorito, Kalimán o Memín encontraron un público apasionado, que las convirtió en parte esencial de la cultura popular.
Hoy guardo con cariño los recuerdos de aquella época dorada, llena de fantasía y personajes que, años más tarde, cobrarían vida en el cine y la televisión. Benedetto, quien ahora viste el uniforme policial siguiendo los pasos de su padre, es uno de esos amigos que permanecen imborrables en la memoria infantil. Su increíble colección de tiras cómicas contrastaba con la colorida y fragante colección de flores de su madre: dos mundos distintos, pero igualmente entrañables.
Aunque el destino no permitió que volviéramos a encontrarnos en la adultez, las historietas que compartimos siguen vivas en mi memoria, marcando una etapa inolvidable de mi infancia. Gracias, Benedetto, por abrirnos las puertas a ese universo de fantasías que antecedió al mundo digital, al cine y a la televisión. Fue, sin duda, un legado que floreció junto a las dalias y las hortensias del jardín de tu madre.

