El Canto del Gallo a Media Noche

Don Miguel le tocó el turno de riego en su chacra en el sector Guillermo Lobatón Mía en el caserío de Yapato, jurisdicción del distrito de La Unión, en Piura. Era ya más del medio día y el nivel del agua era muy bajo, por lo que don Miguel envió a uno de sus hijos a traer la comida porque preveía que con esa cantidad de agua el riego terminaría pasada la medianoche.
Dionicio, fue hasta la casa en Tablones Bajos, el caserío en donde vivía don Miguel, más o menos a una distancia de una hora en acémila. La esposa de don Miguel, Adelaida, le preparó la cena y en una alforja grande, colocó la bolsa de tocuyo las viandas llenas de comida y en el otro lado de la alforja un calabazo de chicha, para el campesino. Además, le puso la linterna de mano de 8 pilas para que se pueda alumbrar en la oscura noche, más una linterna a kerosene.
Junto a don Miguel había otros compañeros que compartían el turno del agua, por lo que se agruparon para vigilar el canal por donde corría el agua y evitar así que alguien en la parte alta pueda represar el agua para robar agua. Recorrían más o menos unos 6 u 8 kilómetros de canal y en la oscuridad de la noche tenía que alumbrarse con las linternas de mano.
Los hombres de campo se turnaban, incluso se quedaban a descansar en las zonas en donde sospechaban que podía robarles el agua.
Cuando llegó la cena de don Miguel, se juntaron todos los campesinos del turno para disfrutar de la comida que les llevaron. Don Miguel sacó de la alforja sus depósitos de comida. Allí se veía un rico deposito de arroz con frejoles, otro conteniendo carne guisada, más otro deposito más pequeño con camotes.
Don Augusto, Epifanio, Martín y Lorenzo, hicieron lo mismo. Todos colocaron sus depósitos de comida sobre unos sacos de yute en el borde de la acequia mientras el agua ingresaba lentamente a las parcelas de cada uno de los agricultores.
Entre chacota y chacota empezaron a comer, todos metían las cucharas a los distintos potajes que sus familiares les enviaron. Eras casi a las 6.30 de la tarde ya se veía como las garzas y los distintos pajaritos, chiscos, choquecos, negritos, chilalas, pamperos, entre otros, volaban hasta su habitad para dormir. Hasta las urracas volaban a las partes más altas de los árboles para dormir y no ser perturbados por nadie.
Los campesinos terminaron de disfrutar su comida y lo asentaron con un poto de la rica chicha cada uno y terminando, ya sabia que por grupos de dos debía de vigilar el canal de riego.
Así pasaban las horas y a las once de la noche aproximadamente el riego iba más o menos en un 70 por ciento de avance.
Frente a todas las parcelas de los agricultores se encuentra un cerro denominado el Alto Yapato, por su composición de tejas de color blanco, al que le llaman yeso o yapato. Cuentan que de ese cerro a media noche se escuchan varios sonidos. Una banda de músicos, gritos de gente, mugidos de un buey, el canto de un gallo, entre otros.
Entre las chacotas de los campesinos no faltó el tema del canto del gallo, o la banda de músicos del cerro Yapato. Entre ellos se fastidiaban que esos sonidos sólo lo escuchaban los pecadores.
Eran casi a las doce de la noche y el turno de recorrer el canal de riego para vigilar que no se roben el agua, le correspondía a don Miguel y Epifanio. En el recorrido debían acercarse a la parte frontal del cerro. Los dos campesinos iniciaron su recorrido y entre ellos se cochineaban. “Falta que ahora nos cante el gallo, porque vamos a pasar justo a las doce de la noche frente al cerro”, dijo don Migue a Epifanio. “Si pues”, respondió don Epifanio, mientras alumbraba con la linterna de mano, en medio de la densa oscuridad de la noche y con el lejano croar de las ranas y las luces de las luciérnagas.
Se escuchaba también, el chillido de los grillos y a lo lejos el grito de las lechuzas y los pájaros llamados huacos. Los árboles en el borde de la acequia se movían con el viento y crujían sus ramas, mientras caminaban los dos compañeros campesinos vigilando el canal.
-Espera, espera-dijo don Miguel a Epifanio. Que pasó, respondió el segundo. Escuchas, dice don Miguel. -Yo no escucho nada, cojudo vamos rápido. Te estás imaginando-, le respondió Epifanio.
Es el gallo, clarito lo escuché-expresó don Miguel, asombrado y como que le entró un poco de miedo, por lo que le dijo a su compañero que aceleren el paso.
Don Epifanio que era un poco más cauto, le advirtió que no tenga miedo, que era su imaginación, porque él no había escuchado nada. En todo caso, le sugirió que regresaran hasta donde estaba los demás compañeros para evitar mayores problemas.
Así lo hicieron. Regresaron a paso acelerado, don Miguel, entró en pánico y empezó a correr, no escuchas, advirtió. Don Epifanio no le quedó otra que seguirlo corriendo detrás de don Miguel, ya aterrados, pero el canto del gallo solo lo escuchó don Miguel.
Llegando hasta donde estaban los demás compañeros. Don Epifanio, ¡muchachos, donde están vengan, Miguel ha escuchado cantar el gallo!, gritó Epifanio.
Los demás compañeros corrieron hasta el lugar en donde habían cenado y se encontraron, don Miguel, muy asustado, al igual que Epifanio y los dos contaron lo sucedido, por lo que don Lorenzo les dijo. “Es la media noche, es la hora mala. Dicen que justo a esta hora se escuchan esos sonidos”.
Los campesinos entre asustados, trataron de mantener la calma y decidieron esperar que pase la hora mala que decía don Lorenzo para retomar la vigilancia del canal y terminar con el riego.

